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La jornada de una mujer en política y la urgente necesidad de acompañarla

Por Alejandra Parra*

Durante los últimos años, en México hemos tenido grandes conquistas en beneficio de la participación política de las mujeres, como la ley de cuotas y ahora la reforma para la paridad en todo. Sin embargo, falta mucho camino por recorrer para lograr una paridad real, pues persisten grandes barreras sociales, culturales e institucionales, que aparecen en etapas diferentes, que muchas veces se presentan de formas sutiles e internalizadas, y que, en suma, contribuyen a que la política siga siendo un espacio hostil para nosotras, las mujeres.

Comencemos por el inicio: para tener mujeres en la política, necesitamos mujeres que quieran entrar a la política. Mujeres de todas las regiones, clases, profesiones y razas. Y no, no estoy insinuando que las mujeres naturalmente no tenemos interés en política, si no que existen una serie de señales sociales y culturales que, desde chiquitas, nos indican que la política no es para nosotras. Durante toda nuestra vida hemos visto que quienes se dedican a la toma de decisiones son ellos, los hombres. También en la casa hemos aprendido que lo que “nos toca” son las tareas de casa, o los trabajos de cuidado. Y por último, en la política y en otros ámbitos, las mujeres no nos sentimos listas o suficientemente buenas, aún teniendo excelente preparación. En una sociedad que nos dice todo el tiempo y de todas las formas que no pertenecemos al ámbito político, no debe sorprendernos que nos cueste más trabajo levantar la mano para participar, militar o ser candidata a un cargo de elección.

Una vez que se logra superar esa brecha de ambición, desafiando los estereotipos culturales que nos quieren mantener en la casa, hay que enfrentarse a las estructuras partidistas, que hoy por hoy monopolizan el acceso a la política, y que son patriarcales, machistas, jerárquicas y corruptas. Y como las estructuras internas de los partidos no son paritarias, el proceso de reclutamiento y asignación de candidaturas está en manos de, sí, adivinaron, de hombres. Y estos hombres nos han demostrado que no están dispuestos a romper el pacto patriarcal. Entonces, las mujeres valientes que deciden participar van a tener que sentarse a negociar con ellos, quienes las van a ningunear, estigmatizar y muchas veces hasta acosar. Y sí, digo valientes porque hay que tener agallas para asumir los costos. En el mejor de los casos, van a lograr una candidatura. En el peor, decepcionadas y traumatizadas, desistirán de la política, algunas veces denunciando públicamente el proceso por el que pasaron.

Ahora continuemos en la jornada de una de las “suertudas” que consiguió la candidatura. Primero, hay que olvidarse del apoyo del partido. Sin reglas que los obliguen a algo diferente, los hombres que dirigen los partidos van a asignar la mayor parte del financiamiento público a otros hombres. Además, a las mujeres candidatas les cuesta más trabajo conseguir dinero porque, simple y sencillamente, quienes concentran el dinero en esta sociedad siguen siendo los hombres, que históricamente aportan a campañas de sus pares. Este elemento económico por supuesto se acentúa cuando hablamos de mujeres racializadas o en situación de pobreza.

Pero una campaña no es sólo dinero. Existen otros factores clave para la competitividad en una contienda electoral, como la estrategia, el equipo y el tiempo disponible. En ese rubro también encontraremos barreras. Dado que las mujeres usualmente no estamos en la política, tampoco tenemos redes de consultoras o equipos especializados en campaña, por lo que nos cuesta mucho más levantar una campaña y armar un equipo estando solas. Y para cerrar con broche de oro, estas mujeres candidatas tendrán que continuar con doble jornada, encargándose también de los trabajos de cuidados en casa y, además, serán cuestionadas públicamente por su decisión de “descuidar a sus hijos” o “no hacerle de comer al marido”. En el mejor de los casos, será un desafío contra la misoginia, pero habrán ganado la elección. En el peor, perderán y la campaña pasará a ser una experiencia traumática que las alejará de nuevo de la política y no se plantearán intentarlo de nuevo.

Por último, tenemos a aquella mujer que logró superar todas las barreras anteriores y hoy ocupa un cargo de elección popular. Ahí, la van a relegar a las comisiones “de mujeres”, le van a decir que grita, que es muy escandalosa, va a aparecer en la prensa más por la ropa que viste y por su vida personal que por su trabajo político, la van a acosar. En resumen, le van a recordar todos los días que ella no pertenece ahí, que mejor se vaya y no vuelva más. No es casualidad que las mujeres buscan mucho menos la reelección que los hombres.

El escenario que presento es desolador. Las reformas nos han quedado cortas. Los partidos no están cambiando lo suficientemente rápido. La violencia política de género no cesa. El cambio es urgente. Los desafíos son muchos y demasiado grandes. Por eso, me llena de emoción conocer de plataformas en todo el continente que buscan, desde todos los frentes, acompañar a las mujeres a superar estas barreras.

En Estados Unidos, está SheShouldRun que tiene como objetivo identificar e incentivar a que mujeres se animen a ser candidatas. En Colombia, Estamos Listas, un movimiento político de mujeres con un proceso de selección de candidaturas abierto, feminista y democrático. En Brasil, Vamos Juntas ofrece mentorías de mujeres políticas, especialmente relevantes durante el desgastante proceso de negociación con los partidos. En América Latina, la plataforma en línea Im.pulsa ofrece contenidos abiertos y gratuitos para capacitar e inspirar campañas electorales de mujeres y sus equipos.

En México, tenemos a Aúna, una red de mujeres que apoya a otras mujeres a transitar por su paso en la política de la mejor forma posible. En Aúna, detectamos e incentivamos a mujeres destacadas para participar en el proceso electoral, las acompañamos y acuerpamos durante el proceso de negociación con los partidos, ofrecemos formación en campañas políticas y organizamos talleres para la co-construcción de una agenda de paz, bienestar y justicia climática. Y lo seguiremos haciendo. Hasta que las mujeres en México no tengan que pasar por un calvario para estar en política.

Esta columna se publicó originalmente en el periódico Animal Político, el 23 de marzo de 2021. ¡Léela aquí!

*Alejandra Parra es cofundadora de Aúna e gerente de proyectos de formación de Instituto Update.
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