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Injusticias económicas de género

Sobre el curso

Distintos factores han contribuido a hacer visibles las injusticias económicas que experimentamos las mujeres. El motor fundamental para el reconocimiento de las injusticias de género ha sido la emergencia de movimientos feministas a lo largo de la historia y los conocimientos producidos por sus integrantes, que rescatan y analizan las experiencias de vida de las mujeres que trabajan dentro y fuera del mercado laboral. Acá rescatamos esos conocimientos: la base de la desigualdad, las causas de esta y sus consecuencias, y la forma que podemos darle a una nueva constitución para una economía justa para todas y todos.

Mayo 11, 2021. Por CEM

Las sociedades capitalistas: lo público y lo privado, el poder político y patriarcal 

Las instituciones de las sociedades modernas: el mercado, la educación y producción de conocimientos, y el Estado se asientan en la división entre los espacios privados y públicos, en la distinción de un poder patriarcal que se ejerce en los espacios privados y de un poder político que rige las relaciones entre ciudadanos/as en los espacios públicos. 

La división sexual del trabajo

La división que mencionamos se construye simbólicamente a partir de la división sexual del trabajo y de la afirmación de la existencia de supuestas diferencias naturales y de atributos entre hombres y mujeres. Las mujeres son definidas como cercanas a la naturaleza, dominadas por sus emociones y ciclos biológicos, pacientes, dependientes y abnegadas. Con estas razones se legitima la asignación de ellas a los espacios privados que son regidos por supuestas leyes naturales, pero que en verdad son expresión de relaciones de poder patriarcales. 

El poder patriarcal se expresa en el dominio de los hombres sobre la sexualidad, trabajo y tiempo de las mujeres; en la dependencia económica y la falta de autonomía de ellas, las que están encargadas de reproducir biológica y socialmente a las nuevas generaciones y asegurar la subsistencia cotidiana de las familias.
 

La permanencia en los espacios privados las excluye de los espacios públicos y de la política, donde se debaten los problemas públicos, se construyen las instituciones y se acuerdan los derechos y deberes ciudadanos. 

De acuerdo con esta división sexual de espacios, los hombres ingresan al mercado laboral y ganan un salario familiar que les permite proveer a las familias. Son ellos los que, en tanto individuos “libres” e “iguales”, participan de espacios públicos y políticos, establecen acuerdos, definen valores y principios y las normas que rigen la convivencia social. Son las élites masculinas quienes han definido los marcos jurídicos que condicionan la posición de las mujeres dentro del matrimonio, su acceso a los bienes y la herencia y que regulan también el sistema de filiación de los hijos. De esta manera, se entiende que durante mucho tiempo el control de la sexualidad de las mujeres y la violencia ejercida sobre ellas no fuesen considerados problemas públicos que debían ser debatidos y merecer la acción del Estado.

La acción feminista: ¡a desplazar los límites de lo público y lo privado!

Las fronteras que separan los espacios privados y públicos, así como los contenidos atribuidos a cada uno de ellos, se han ido modificando en el tiempo de acuerdo con las tradiciones filosóficas, el desarrollo y características del capitalismo y los contextos históricos culturales. Sin embargo, ha sido la teoría y práctica feminista la que ha interpelado y desplazado con más fuerza los límites entre lo privado y público:

  1. Han mostrado que las relaciones dentro de la familia no son naturales, sino expresiones de un poder patriarcal que otorga los privilegios y el poder a los hombres. Los problemas de subordinación, de dependencia económica, de violencia hacia la mujer, la doble moral que rige para ambos géneros son así problemas construidos socialmente, que merecen debatirse en los espacios de lo político, porque entran en contradicción con los principios democráticos del ideario moderno y cuya solución exige la acción del Estado y el cambio de marcos jurídicos. De esta manera, los movimientos han desplazado la frontera de lo político hacia lo privado, reduciendo este espacio a la esfera de la intimidad, de la privacidad. 
  2. Han mostrado que, para comprender el funcionamiento de la experiencia social y de los comportamientos de hombres y mujeres de distintas procedencias sociales y étnicas, debe tenerse en cuenta simultáneamente lo que acontece en los espacios públicos y privados. Por ejemplo, la disponibilidad de mujeres y hombres frente a las exigencias del mercado laboral son diferentes debido a la superposición de las tareas de cuidado y domésticas asumidas por las mujeres, a las exigencias que están asociadas al ejercicio de la maternidad y parentalidad y a los modelos de buen trabajador.   
  3. Han develado el papel de los discursos y las representaciones sociales, de las normas institucionales e informales que operan en los espacios públicos, las que posicionan desigualmente a las mujeres en el acceso a los recursos, al reconocimiento y al poder. 
  4. Han cuestionado la supuesta neutralidad del Estado, desentrañando cómo a través de sus discursos, de los marcos jurídicos y de las políticas públicas devuelve a la sociedad una representación de sí misma y de las posiciones sociales que les corresponde a los distintos grupos sociales. El Estado distribuye recursos, reconocimiento y poder entre las personas y grupos sociales. Desde la perspectiva feminista, el Estado juega un importante papel como productor y reproductor de las desigualdades de género y en la separación de lo privado y público.

En breve, las teorías y prácticas feministas han puesto de manifiesto el carácter sistémico del orden de género. La división de los espacios públicos y privados, el doble poder político y patriarcal, los discursos y las normas institucionales permeadas de sesgos de género condicionan las prácticas e interacciones sociales de las mujeres en los espacios públicos y privados, moldeando sus aspiraciones y expectativas de proyectos personales. 

Como dice Joan Scott el género es una dimensión presente en todas las relaciones sociales y las relaciones de género están condicionadas de manera compleja y difícil de descifrar por el conjunto de instituciones y relaciones sociales.

El ámbito de la economía

La economía, como la vivimos hoy en Chile, ha perdido el sentido social: produce para el mercado y no aborda la reproducción social de la población. 

Preguntémonos cuál es la finalidad de nuestro sistema económico, según lo que existe hoy: ¿Qué se produce? ¿Para qué o para quiénes? ¿Resuelve nuestras necesidades y aspiraciones? ¿Nos apoya en nuestras crisis o períodos problemáticos, como la enfermedad, la cesantía, la vejez? ¿Reconoce y protege el trabajo doméstico y de cuidado de las personas que realizan principalmente las mujeres en sus hogares? ¿Cuida el medio ambiente? ¿Nos garantiza la conservación de los elementos básicos como la tierra y el agua, y los derechos asociados a ellos? ¿Nos asegura nuestra salud ante las epidemias? ¿Nos ofrece los medios para decidir nuestra procreación? Estas y otras muchas preguntas pretenden buscar respuestas que reorienten la finalidad de nuestro sistema económico para recuperar lo que consideramos una vida sostenible para todes. 

Cómo concebimos la economía

Vivimos en una sociedad en la que la economía se concibe como las actividades que conducen a producir bienes y servicios con valor monetario intercambiadas en el mercado. Es decir:

  • Servicios bancarios, servicios de salud, servicios de entretenimiento, servicios domésticos, servicios de hotelería, alimentos, vestuario, muebles, medicamentos, herramientas y máquinas, etc…
  • Producidos por empresas o por personas por cuenta propia en la agricultura, o extrayendo riquezas del mar o de la tierra, o en las ciudades elaborando materias primas, u organizando información y medios para proveer los distintos tipos de servicios. 
  • Tienen precio y se transan en el mercado. 
  • La venta da origen a salarios, comisiones, bonos, remuneraciones de directorios, varios tipos de ingresos variables, ganancia o lucro, intereses, dividendos, impuestos. 

La suma de estos valores producidos, transados y que originan ingresos es denominada Producto Interno Bruto (PIB) y, como vemos constantemente, el éxito o fracaso de la gestión económica de un país se mide por el nivel y el crecimiento de esta suma de bienes. 

¿Da ello respuesta a nuestras preguntas? ¿Necesitamos otras mediciones y otras categorías para saber si vamos bien o estamos en el rumbo equivocado? 

Hay otros índices, como el de Desarrollo Humano, pero, aunque mide y publica sus resultados, éstos no están integrados ni influyen en el funcionamiento económico. Tampoco nos basta un promedio general o un resultado nacional. 

Las injusticias económicas

Aunque nos limitemos a esa producción valorada monetariamente hay injusticias asociadas a su distribución entre estamentos y grupos sociales: hay territorios que reciben más que otros, los hombres reciben más que las mujeres, los que tienen poder de mando reciben más que el resto… incluso el origen étnico y social pesa en la distribución de la riqueza producida. En nuestra sociedad hay jerarquías establecidas que queremos explicitar, revisar y cambiar. 

La mejor guía sobre cómo estamos la dio el estallido social de octubre de 2019 con las demandas que levantaron la movilización popular y los feminismos: salud, educación, pensiones, condiciones laborales, desigualdades de ingreso, derechos sexuales y reproductivos, aborto sin condiciones, vida sin violencia, medioambiente y dignidad. La deuda de la economía con la población tiene todas esas caras.

La concepción vigente y el funcionamiento de nuestro sistema económico es injusta, ha perdido su norte y es incompleta…

Ha perdido su finalidad porque la ha reemplazado por el crecimiento de una masa de valor monetario y no por el tipo de vida que la población requiere y aspira como compensación a sus esfuerzos y a sus carencias. Es lo que podemos llamar “bienestar de las personas” como la finalidad de la economía. 

Es incompleta porque sólo considera los medios producidos y los servicios para el uso y consumo de la población, sin tomar en cuenta cómo contribuyen los hogares a la reproducción social. Las feministas vemos el sistema económico completo, es decir, compuesto por la producción monetaria y también por la enorme producción que se realiza en los hogares, sin la cual la economía no se sostiene. 

Esta otra área de la economía comprende el trabajo de mantener los espacios de vida mediante la compra y procesamiento o utilización de bienes (alimentos, detergentes, artículos de limpieza, herramientas, medicamentos), en dar y encontrar cobijo emocional en la familia, en proveer servicios varios para la vida cotidiana y en gestionar y suplementar lo que proveen los sectores público y privado a la familia, como educación, salud, transporte. Son las tareas de trabajo doméstico y de cuidado, llevadas a cabo principalmente por mujeres como su obligación, su compromiso, su identidad definida por el sistema social de género. 

Así, si una madre cuida a su niño ella no desarrolla trabajo productivo, pero si al niño lo cuida alguien pagado para ello o lo cuidan en una institución, es trabajo productivo. Lo mismo ocurre con los cuidados de ancianos, enfermos y muchos otros dependientes de la vida familiar. En ambos casos la acción o el servicio existe, se lleva a cabo y produce un bienestar final igual, similar o comparable. 

Pero el PIB o la medida económica deja fuera de su medición la primera alternativa, que forma parte del bienestar logrado. También deja fuera parte de los costos de la sobrevivencia, por ejemplo, cuando el hospital ahorra días-cama enviando al enfermo/a para ser cuidado en su casa. Disminuye un costo institucionalizado y es reemplazado por un costo individual no computado.

Sabemos que el sistema de género ha hecho responsable a las mujeres de estas provisiones, que desvaloriza estas tareas y a quienes las realizan, que en las familias privilegia al proveedor monetario, que les ha hecho difícil a ellas utilizar su creciente nivel educacional para lograr mejores empleos y salarios, que ni siquiera acceden a la soberanía de sus cuerpos y de su reproducción. 

También sabemos que este modo de vida y producción económica ha puesto en tensión los tiempos de las mujeres a medida que se han incorporado al mercado laboral, y que esta concepción que hemos llamado división sexual del trabajo está en el origen de la discriminación y desvalorización de las mujeres. 

Este nudo es abordado con la idea de recuperar el sentido y el papel del trabajo doméstico y de cuidado, poniéndolo como eje central de la sociedad que queremos y como condición indispensable, aunque no suficiente, para terminar con la desvalorización de las mujeres. Cambiar el centro quiere decir que queremos producir bienestar, sobrevivencia, vida grata… lo que se ha denominado sostenimiento de la vida.
 

CEM

El CEM (Centro de Estudios de la Mujer) es una institución fundada en 1984 por un equipo interdisciplinario de economistas, sociólogas, psicólogas e historiadoras. Entre sus campos de interés destacan las investigaciones sobre los trabajos desempeñados por las mujeres (doméstico y de cuidado no remunerado y remunerado), los efectos de los cambios del modelo económico sobre las relaciones de género, los procesos de constitución de las mujeres como sujetos políticos y ciudadanas, el papel de las políticas públicas y marcos jurídicos en la reproducción o cambio de las relaciones de género.

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